Evitando que las emociones nos haga perder dinero en bolsa

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Gracias a nuestro cerebro, cada vez entendemos mejor la realidad y mejoramos nuestra comprensión del medio. Sin embargo, ¡todavía no sabemos casi nada del mecanismo! Quizá sí los neurólogos, pero los ciudadanos comunes todavía no tenemos ni idea de las reacciones cerebrales y las conexiones neuronales en nuestra mente.

En el mundo financiero, esto lo demuestra nuestra persistencia en cometer, una y otra vez, los mismos errores a la hora de ahorrar e invertir. A priori, la teoría es muy sencilla: comprar algo cuando está barato y venderlo cuando está caro. Sin embargo, la mayoría de las veces hacemos lo contrario, con el consiguiente impacto en la rentabilidad de nuestras carteras.

No es que seamos masoquistas sino que, en determinadas situaciones, nuestro cerebro reacciona de un modo muy distinto en función del contexto. Así, nuestras emociones y nuestra razón se unen para proyectar un futuro negro cuando los precios de las acciones caen con fuerza y, por el contrario, generan euforia cuando las cotizaciones están más caras que nunca, extrapolando la subida hasta el infinito y más allá.

Por ahora no hay una cura fácil de estas reacciones tan costosas para nuestro dinero. No existe un fármaco que identifique el neurotransmisor responsable de estos errores y paralice esa toma de decisiones, a todas luces, apresurada. Pero, gracias a la evolución de las finanzas del comportamiento (behavioural finance), cada vez hay más académicos e investigadores dedicados a analizar estos impulsos.

“Warren Buffett: “Sé avaricioso cuando otros sean temerosos y temeroso cuando otros sean avariciosos”

En estos trabajos de investigación se ha identificado una montaña rusa por la que, en cada ciclo, transita a toda velocidad el sentimiento de los inversores. Igual que con la pérdida de un ser querido se producen unas fases de duelo y aceptación, también en la inversión se han trazado ya unos modelos que establecen nuestro comportamiento.

La más común es la que se refleja en este gráfico de la gestora de inversiones Russell Investments. El proceso consta de dos grandes fases, que en realidad son el ying y el yang, las dos caras de la misma moneda. Aunque se podría empezar por cualquiera de los momentos puntuales, en este post seguiremos el sentido del gráfico y comenzaremos por el optimismo.

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Es decir, trasladémonos al momento en el que los inversores están cómodos y contentos: observan una evolución positiva del precio de las acciones, una mejoría de los beneficios corporativos y comienzan a ser optimistas respecto a la evolución de los mercados.

Como las acciones siguen subiendo, este sentimiento da lugar a la ilusión Los inversores más desconfiados empiezan a relajar sus defensas, mientras los precios siguen subiendo hasta llegar a un nivel máximo de entusiasmo. Se deja de comprar o vender por el valor de las cosas y se empieza a tomar solo en consideración si habrá alguien dispuesto a pagar más, sin importar el verdadero valor de lo que compramos.

¡La actividad se dispara en esta fase! Hasta los más pesimistas empiezan a pensar que estaban equivocados y los inversores entran en la fase de euforia. Las valoraciones se vuelven absurdas, pero el ser humano es capaz de inventar nuevos argumentos para justificarlas. Es el momento de frases como “estamos ante un nuevo paradigma” o “esta vez es diferente”… Hasta que llega el desplome.

Se pincha la burbuja y, con las primeras caídas, llega la preocupación. Al principio, muchos quedan paralizados ante el susto y se llevan las manos a la cabeza. Sin embargo, todavía continúan confiando en su habilidad y esperan la recuperación. Pero, en vez de eso, los precios siguen cayendo y no hay reacción alguna.

Es así como el inversor entra en el periodo de negación. Piensa que esto no le puede estar pasando a él y acaba considerando que se ha equivocado. Las bajadas continúan y las pérdidas son cuantiosas, por lo que aparece el temor a perder hasta la camisa.

Nos culpamos entonces por no haber vendido antes y pensamos que ya es demasiado tarde. Los mercados siguen cayendo, nos desesperamos y nos volvemos a culpar, todavía más irritados. El inversor ha perdido ya toda confianza en sí mismo y ha quedado expuesto a tomar la peor decisión en la sacudida final.

Con la llegada de los nuevos desplomes, los periódicos anuncian los niveles más bajos de los mercados en décadas, el fin del mundo financiero, y nuestro cerebro proyecta un agujero negro, lo que nos lleva a vender a cualquier precio para, al menos, salvar algo. ¡La experiencia ha sido tan desastrosa que no queremos volver a oír hablar de la bolsa!

Y aquí, curiosamente, cuando ya no queda nadie por vender, la rueda empieza a girar en la otra dirección.

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Los inversores de largo plazo que han conseguido mantener la calma empiezan a comprar. Es el momento de aplicar la clásica frase de Warren Buffett, el mejor inversor de todos los tiempos: “Sé avaricioso cuando otros sean temerosos y temeroso cuando otros sean avariciosos”.

Las primeras compras provocan unas bruscas subidas en las acciones, que la mayoría de los inversores ve solo como una trampa previa a nuevos desplomes, motivo por el cual se mantienen alejados de las compras. A pesar de ello, las subidas siguen. Entre los que se quedaron empieza a generarse cierta esperanza que se transforma poco a poco en alivio, según se van recuperando posiciones. Y esta mejoría va produciendo más confianza de manera progresiva… Hasta llegar al optimismo, el punto inicial de nuestro viaje.

¿Qué podemos hacer para parar la rueda y ponerla a girar a nuestro favor? La clave está en conocernos mejor a nosotros mismos y ser honestos con nuestra forma de ser. Hay una anécdota interesante de Buffett en este sentido. Como sabía que le costaba mucho controlarse con la comida, hizo una apuesta con sus hijos por la que, si superaba determinado peso en la báscula, les extendería un generoso cheque. Estos intentaron tentarle todo lo posible, pero no lo lograron. El inversor, consciente de sus limitaciones, había establecido un sistema de incentivos que le ayudara a superar esa debilidad.

Si no podemos aguantar la tensión de las emociones, tenemos que buscar sistemas que nos ayuden. Por ejemplo, el ahorro sistemático, o aportar una cantidad fija cada mes o trimestre, en lugar de hacer las compras y ventas intentando encontrar el mejor punto de entrada y de salida.

Otra opción es apoyarnos en alguien que sea más frío, que nos conozca bien y pueda aplacar nuestras emociones. Es decir, encontrar a asesores financieros, como los Family Bankers de Banco Mediolanum, que no se dejen influir por las emociones y que, a ser posible, puedan demostrarlo con números, con la evolución de sus carteras o las de sus clientes en entornos de máxima volatilidad.

Y por supuesto, alimentar al cerebro para ayudarle a entenderse mejor a sí mismo. Leer libros comoPensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, o Las trampas del deseo, de Dan Ariely, nos puede dar muchas pistas sobre en qué debemos estar más alerta y por qué reaccionamos de determinado modo con nuestro dinero ante lo inesperado.

Al menos, hasta que se desarrolle el fármaco que arregle nuestras conexiones cerebrales cuando se dan momentos de pánico y euforia en los mercados, estas son las mejores alternativas para nosotros.

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