El problema económico chino

La economía de China sigue siendo una causa de gran incertidumbre. Está en marcha una importante desaceleración que constituye un motivo de grave preocupación para los ministros de Hacienda, los bancos centrales, las salas de contratación bursátil y los importadores y exportadores de todo el mundo.

El Gobierno de China creyó que podía organizar un aterrizaje suave en la transición de un tórrido crecimiento económico de dos cifras, estimulado por exportaciones e inversiones, a un crecimiento constante y equilibrado, sustentado por el consumo interno, en particular de los servicios.

La realidad actual es que el crecimiento económico está flaqueando -las estadísticas oficiales sitúan la tasa anual en el siete por ciento, pero la mayoría de los observadores creen que la cifra real está más próxima al cinco por ciento (o incluso menos)-, está resultando imposible pasar por alto los problemas de gestión de China. Aunque actualmente su tasa de crecimiento sigue excediendo la de todas, menos unas pocas, economías, la magnitud de la desaceleración ha sido desoladora, pues la dinámica a corto plazo es similar a un cambio en los Estados Unidos o Alemania del dos por ciento del PIB al tres por ciento y después a la contracción.

Durante más de dos décadas la economía china creció a tasas en el entorno del 10% anual hasta representar actualmente el 15% del valor de la producción mundial de bienes y servicios. En los últimos años, su expansión ha significado la mitad del crecimiento mundial, convirtiéndose en la verdadera locomotora de la economía global, desde luego de las economías emergentes exportadoras de materias primas, pero también de otras economías exportadoras como la alemana. Sus excedentes de ahorro, unas reservas de divisas superiores a 3,6 billones de dólares, consecuentes con los continuos superávit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, la convirtieron en una potencia inversora, acumulando activos financieros en todo el mundo: desde la financiación de una parte significativa de la deuda pública estadounidense hasta la realización de importantes inversiones directas en países avanzados o economías emergentes productoras de materias primas.

Su reciente desaceleración es manifiesta. La producción manufacturera se ha contraído y también la competitividad de sus exportaciones. No será fácil superar el 7% de crecimiento este año, y con ello garantizar la reducción de la pobreza y la estabilidad social necesaria, hasta hora amparada en una continua generación de rentas, aunque manifiestamente desigual, que facilitaba la intensidad de los desplazamientos de población del campo a la ciudad. El extraordinario aumento de la desigualdad en la distribución de la renta y de la riqueza será a partir de ahora un obstáculo mayor en la normalización del funcionamiento de esa economía, en el desplazamiento del protagonismo de la inversión por el del consumo privado. Esta es también la condición necesaria para que el conjunto de la economía mundial, desde luego la eurozona, reduzca las amenazas que se ciernen sobre la continuidad de la recuperación.

La desaceleración amenaza con obstaculizar la creación de empleo, lo que socavaría las perspectivas de millones de personas que todos los años se trasladan a ciudades chinas en busca de una vida más próspera, al Partido Comunista Chino le resultará difícil mantener la legitimidad de su monopolio político. La  la inestabilidad en este país podría plantear riesgos graves allende sus fronteras. China es el país que posee más valores del Tesoro de los Estados Unidos y es un importante socio comercial para los EEUU, Europa, Latinoamérica y Australia y un decisivo facilitador del comercio intra-asiático, por la magnitud de su comercio de productos transformados.

El Gobierno chino debe afrontar los efectos a corto plazo de la desaceleración, mientras continúa aplicando reformas encaminadas a suavizar el paso de la economía a un nuevo modelo de crecimiento y ampliando el papel de los mercados. Las empresas extranjeras buscan el acceso a la clase media de China en rápido crecimiento que, según los cálculos del Instituto Mundial MacKiensy, ya representa más de 200 millones de personas.

China organizó recientemente una modesta devaluación de su divisa: hasta ahora un tres por ciento, aproximadamente. Probablemente sea demasiado pequeña para modificar en gran medida la balanza comercial de China con Europa o EEUU, pero indica el paso hacia un tipo de cambio más orientado al mercado.

China debe recurrir a las nuevas tecnologías en todas las industrias, además de mejorar la formación, la capacitación y la salud de los trabajadores. Además, debe acelerar sus medidas para aumentar el consumo interno que, como porcentaje del PIB, es muy inferior al de otros países.

Para que las empresas y los hogares substituyan a la inversión estatal como motores principales de la economía, el Estado debe reducir su participación en las empresas más importantes y permitir que se paguen más beneficios directamente a los accionistas, además de brindar más beneficios de sus acciones restantes a los ciudadanos.

El abandono del excesivo control estatal debe comprender también la substitución de las subvenciones de los precios y las donaciones a las industrias favorecidas con un apoyo específico a los trabajadores con bajos ingresos y una mayor inversión en capital humano. Además, China debe reducir la discrecionalidad administrativa, introduciendo una reglamentación sensata y previsible para abordar los monopolios y las externalidades naturales.

Volviendo al nivel macroeconómico, China debe reasignar las competencias y los recursos entre los diversos niveles gubernamentales para capitalizar su ventaja comparativa en la prestación de servicios y aumentar los ingresos y debe reducir gradualmente la carga total de su deuda, que ahora supera el 250 por ciento del PIB.

La reciente adopción de medidas adicionales de estímulo de la actividad económica como la reducción de los tipos de interés, en 0,25 puntos hasta el 4,6%, o la del coeficiente de reservas de los bancos no serán suficientes para restaurar esa percepción de agotamiento del modelo. Mayor transparencia y planes concretos de reforma de las instituciones económicas y financieras son las señales que el retorno de la confianza exige.

 

 

 

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