El reto de un ordenador comercial con chips de nanotubos de carbono

Fuente: rtve.es

La conocida Ley de Moore de la electrónica data de 1975 y originalmente venía a decir que el número de componentes que se podría integrar en un chip se duplicaría cada año, y con ello la potencia de los ordenadores.

Pero esta ley no es una ciencia exacta: posteriormente se revisó su enunciado a “cada 18 meses” y se suele añadir también “por la mitad del coste”. Durante más de 40 años ha venido cumpliéndose -de forma bastante aproximada- pero con el actual grado de miniaturización hay quien se pregunta si se podrá ir más allá.

Chips de nanotubos de carbono

La gran promesa llegó de la mano de los famosos “nanotubos de carbono”: más pequeños, rápidos y eficientes energéticamente que sus equivalentes en silicio, esta tecnología permite a los ingenieros de los laboratorios y fabricantes de chips reducir el tamaño de los transistores a nanoescala.

Llevan investigándose más de una década, se fabrican desde hace años y en 2013 en la universidad de Stanford ya se montó un rudimentario ordenador con un chip de este tipo.

Sin embargo, de la teoría a la práctica suele haber un gran trecho, especialmente cuando se trata de que esa práctica sea además comercialmente viable, que es lo que cuenta.

Hoy en día los semiconductores pueden empaquetarse en los chips a unos tamaños ya difíciles de imaginar, siendo 22 nanómetros (una millonésima de milímetro) un tamaño común.

Comercialización de los chips

IBM, uno de los principales fabricantes en este campo, se muestra optimista respecto a poder reducir los transistores de 22 nanómetros actuales a 14 -que ya existen- e incluso 10 en los próximos años.

En su hoja de ruta, dentro de un par de planes de I+D a los que han anunciado destinarán 3.000 millones de dólares en los próximos cinco años, también están ya los transistores de 7 nanómetros como objetivo hacia 2020.

Para hacernos una idea de cuán ínfimo es el tamaño de un componente de 7 nanómetros basta compararlo con una de las hebras de ADN que hay en las células humanas, que tienen más o menos 2,5 nanómetros de diámetro.

Cada uno de esos transistores está compuesto de seis nanotubos de 1,4 nanómetros de ancho y 30 de largo, conectados entre sí: más estrechos que el propio ADN.

Entre los problemas a los que se enfrentará el desarrollo de esta tecnología están la fabricación a escala industrial para poder satisfacer la demanda, la adecuación de costes y lo mucho que se aproximan tan pequeños componentes al “tamaño físico más pequeño posible”, apenas unos pocos átomos.

¿Y cuando se llegue a este límite? Seguro que científicos e ingenieros nos sorprenden con algo nuevo.

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