Admite que última mente apenas duerme y que solo gracias a su espartano entrenamiento de juventud en el servicio militar de Finlandia aguanta el ritmo frenético del trabajo en tiempos de sangre, sudor y lágrimas. Olli Rehn siempre ha admirado a Winston Churchill, pero nunca se imaginó que también le correspondería a él pastorear una etapa de sacrificios y renuncias, en una crisis económica tan profunda como de incierto pronóstico. Eso sí, una vez abocado a ese negro trance como comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE, no ha dudado en inspirarse en el férreo modelo de liderazgo del histórico dirigente británico a la hora de procurar que entren en la vereda de la reducción del déficit los países entrampados, ya sean «Pinocho» (Grecia y sus datos falseados) o la cigarra del cuento, España, ahora que ha dejado de despilfarrar al sol.
Rehn es un veterano y avezado conocedor del armazón y los entresijos de la UE, más que por edad (tiene 48 años), por trayectoria, pues desde que en 1995 fue elegido eurodiputado por el partido de centro finlandés, no se ha bajado del carro de Bruselas. Ha sido representante de Finlandia en el Consejo de Europa, después comisario encargado de la ampliación y, desde febrero de este año está al frente de los asuntos económicos. Así que le toca ajustar la brújula de un desnortado GPS («Greece», «Portugal» y «Spain»), acrónimo aún más paradójico que el insidioso «PIGS», donde hoy cabe antes Irlanda que una Italia menos puesta en cuestión.
Ahora que Durao Barroso se empeña en convertir en permanente el fondo de 750.000 millones habilitado para el blindaje del euro, Rehn no se ha cansado de advertir que esa salvaguarda de futuro estará sometida a «estrictas condiciones». E insiste en que España, con el déficit disparado hasta casi un 10% y un paro insostenible, no sólo necesita un ajuste fiscal, sino aplicar cuanto antes la reforma laboral y mayor concreción en los recortes del gasto público en 2011. Y, como llegó a jugar al fútbol en la primera división finesa, (en el Mikkelin Palloilijat de su ciudad), recurre a menudo a símiles balompédicos para dejar claro que defiende la línea dura con los manirrotos: «Para quienes no cumplan las reglas del juego, las sanciones tendrían que ser inmediatas, como en el césped. Así los jugadores no pueden estar discutiéndolas cada vez que se pita una falta».
Familiar y austero, el comisario europeo obligado a ejercer de «sheriff» está casado y tiene una hija, Silva. Estudió Económicas, Relaciones Internacionales y Periodismo en Minnesota, se licenció en Ciencias Políticas por la Universidad de Helsinki y se doctoró en Oxford. Por eso no le abruman la movilidad geográfica ni los viajes: «En el servicio militar aprendí también a empaquetar todo rápidamente», asevera. Amante del jazz y del rock, su refugio preferido es su casa de campo de Puulavesi, en su región natal, troquelada por bosques y lagos. Allí monta en bicicleta, lee, nada en las gélidas aguas y se enclaustra en la sauna. Tipismo finés en estado puro al que puede dedicar muy poco tiempo. Y, a menudo, sin desconectar. Cuando era comisario para la Ampliación (pergeñó la adhesión de Rumanía y Bulgaria y ha hilado fino en la delicada cuestión que afecta a Turquía) llegó a invitar al ministro turco de Finanzas a pasar unos días con su familia en su residencia de verano.
Rehn está determinado a mantenerse firme (como nórdico, el hermetismo ya lo lleva puesto de fábrica), con planteamientos más directos y menos especulativos que los de su predecesor en el cargo, el socialista Joaquín Almunia, quien acreditó que la condición de comisario europeo no garantiza la clarividencia cuando aseguró que los brotes verdes serían «flores» en el primer semestre del año 2010.
El actual responsable de la política económica europea prefiere los diagnósticos a los pronósticos, y ni desenfoca los problemas ni quita hierro a la situación. Ni siquiera idealiza a Churchill, por más que le apasione su figura. De hecho, se sintió consternado cuando en cierta ocasión entró en una librería del viejo Oxford y se topó allí con una carta que el primer ministro británico envió a Stalin para felicitarle por la invasión de Carelia, región limítrofe entre Rusia y Finlandia. Pese a su desolación, Rehn entendió finalmente que una «alianza militar es una alianza militar». Y la UE es la UE. El tren europeo tiene que soltar lastre.


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